Despreocúpate del resultado

Despreocupate del resultado

Somos humanos y cometemos errores. Uno de los más grandes es siempre esperar un resultado a lo que hacemos, que damos con la condición de recibir. Aunque no seamos conscientes, casi todo lo que hacemos suele ser como una transacción comercial, no hay entrega absoluta y esto es porque tenemos la creencia de que el universo “nos debe” recompensar el esfuerzo. 

Despreocúpate del resultado

Pensamos que todo lo que hacemos es medible y debe conllevar una gratificación pero esa perspectiva sólo es posible si nos sentimos separados de todo lo que está de nuestra piel “hacia afuera”. Tenemos pensamientos de separación al ver un banco sólo como un trozo de madera inerte que lo han puesto ahí para que esté al servicio de nuestras posaderas. Tenemos esos mismos pensamientos cuando cada cosa que “producen” nuestras manos las entregamos pensando que merecen un dinero por el esfuerzo. Tenemos esos pensamientos cuando decimos unas palabras bonitas con el propósito de que se acuerden de ti en un futuro por lo que sea. O cuando hacemos un regalo para agradar y esperamos que nos regalen algo a nosotros como mínimo, del mismo valor económico que fue tu regalo… tantas condiciones ¿para qué? sólo mantienen la ilusión de que este mundo está basado en correspondencias y, aunque es cierto, el concepto está ligeramente tergiversado.

Las correspondencias forzadas no dan la felicidad, la condicionan. “Si pasa esto entonces tendré aquello”, “si me haces esto entonces yo haré esto otro”, “si no me ayudas entonces no te mereces que yo te ayude”, “si te doy dinero quiero que hagas esto por mi”… hay tantos condicionantes que entierran nuestra felicidad bajo capas y capas de frustración. En resumen, si no sucede lo que queremos nada se merece nuestro aprecio, ni siquiera nosotros mismos.

Si amigos, resulta que si vemos a todo bajo un mundo lleno de condicionantes nosotros también nos metemos en el mismo saco y, entonces, ¡ah entonces!… nos estamos separando de nosotros mismos, nos estamos viendo como objetos que podemos exprimir y manipular. “Si consigo esa paga extra me iré de vacaciones con la familia”, “si dedico más horas al trabajo esta semana, el jefe me recompensará”, “si regalo a mi mujer el anillo que le gusta entonces me dejará ir con los amigos a…”, SI ME PORTO BIEN, ENTONCES MERECERÉ… hemos extrapolado nuestro yo y lo hemos pasado al lado de “los otros”, ya no nos tratamos con respeto sino como un extraño al que recompensaréis si hace las cosas bien. Así veis el mundo, así os veis a vosotros.

El problema es que es un círculo vicioso. Las expectativas cada vez son más altas, los condicionantes más exigentes, las frustraciones más frecuentes, los sueños más lejanos, las decepciones se suman, las comparativas más presentes y la infelicidad es constante. De repente te parece que el mundo está en tu contra y estás SOLO ante tanta mediocridad… ¡Y todo comenzó por hacer algo esperando un resultado o recompensa!

¿Sabes que puedes darle la vuelta a todo esto? Todo lo que ves es un escenario que has ido construyendo tú, si tú. Eres el único responsable. No hay nadie “ahí fuera” que te desee mal. Está demostrado que los que desean hacer daño a otros en el fondo quieren hacerse daño a si mismos provocando la ira de los demás hacia ellos. 

El primer paso para darle la vuelta es comenzar a dar gracias por cada cosa que recibas ya sea un céntimo, una sonrisa o un regalo. Comienza a valorar lo que te llega sin juzgar si es justo o no. 

El segundo paso es comenzar a desprenderte de tus posesiones. De lo que recibas, entrega entre un 1 y un 10% a una causa benéfica o asociación sin ánimo de lucro. Puedes entregar dinero o bienes materiales, la cuestión es observar cómo lo que entregas hace felices a otros. Hazlo desprendiéndote de la necesidad de recibir algo a cambio. Acostúmbrate a esa sensación. Pronto sentirás que hacerlo te dará felicidad y ¡no habrás recibido nada a cambio!

El tercer paso es valorarte a ti mismo, entregar y entregarte a otros es una manera de romper esos malos hábitos que te creaban infelicidad pero igual o más importante que los anteriores pasos es ser el foco de tu respeto y tu amor. Nadie más que tú puede darte todo el aprecio que mereces. Si quieres el aprecio de los demás antes deberás aprender a dártelo a ti mismo. Permítete momentos de introspección, pregúntate qué te haría feliz y hazlo, comienza a andar hacia ello. Regálate flores o un fin de semana de lectura si es lo que te pide el cuerpo. Sé tu mejor amante. Sé la mejor versión de tu pareja ideal. Permítete un dulce de vez en cuando. Cómprate ese libro que tanto te apetece leer. Abrázate y di en voz alta “te quiero” “eres un crack” o “¡qué grande eres!”.

Sin darte cuenta, habrás activado las energías que atraen a tu vida las cosas buenas, y ya no buscarás la recompensa a nada, no esperarás nada de nadie, no juzgarás a nadie, no te sentirás superior a nadie… no tendrás ninguna necesidad de agradar a nadie, ni de cumplir las expectativas de nadie. No necesitarás nada porque todo te parecerá perfecto, en su lugar justo, en su medida justa. Y entonces resulta que a tu vida ya comenzaron a llegar recompensas en forma de más dinero, más aprecio, más respeto, más abundancia… pero ya no las exigirás, te están llegando porque te has correspondido con la abundancia del universo de modo natural, sin esperar resultado alguno.

Disfruta del proceso. Namasté amigos.

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