Volar, volar, volar

Como la canción de El Kanka, “desde que rompí todas las hojas del guión, si quieres buscarme, mira para el cielo… Volar no vuelo, pero desde que no tengo nada parecido a un plan, te prometo que mis pies no tocan el suelo.” 

Soltar las riendas es más fácil de lo que parece. Mas que tenerlas amarradas, son ellas las que nos tienen amarradas. Son hipnóticas y adictivas. Cuanto más pensamos que estamos teniendo el control, más controladas nos tienen ellas a nosotros… sólo que no nos damos cuenta hasta que rodean y aprietan nuestra garganta.

Seguro que alguna vez has sentido que te faltaba el aire cuando tenías que hacer algo, ir a algún sitio donde no querías ir o tenías que estar con personas con las que no querías estar. Obligarse a hacer algo cuando nuestras entrañas nos dicen que no lo hagamos es ir anulando poco a poco nuestras capacidades y potencialidades y el no priorizar nuestras propias necesidades, terminará por pasarnos factura. 

Junto a la falta de aire, si resulta que seguimos apretando las riendas pasado un tiempo, el cuerpo comienza a pesar, nos falta energía, tal vez suframos algunos percances, enfermedades o accidentes (o las personas que están a nuestro alrededor haciendo que dirijamos nuestra energía hacia ellos en lugar de hacia nosotros). Son señales, como el ahogo, a las que debemos prestar atención. Ya que no escuchamos a la conciencia de nuestro interior, el cuerpo o tu entorno comienzan a enviarte mensajes más claros de que algo no va bien. 

Los “tengo que…” o “debo de…” son producto de nuestra sociedad, de la era industrial, de lo que creemos que debemos hacer o tener para ser felices, de lo que se supone que se espera de nosotros. Los debería se han normalizado tanto que nos es forzado leer un libro a gusto sin mirar el reloj, pararse a escuchar el viento,  salir al campo o bailar. Pero lo que sana el cuerpo, lo que mantiene nuestra energía alta y nuestro sistema inmune fuerte, lo que nutre nuestro corazón ¡lo que de verdad importa! lo relegamos a los momentos extras, a los fines de semana, las vacaciones, a cuando tengamos un rato o nuestros hijos nos den un respiro. Lo cierto es que lo que les dejemos a las próximas generaciones dependerá mucho de cuánto nos demos en este momento ¿no vale la pena pararse a pensar en esto?

La depresión post-vacacional no existiría si el trabajo al que se supone que volvemos nos motivara ¿por qué nos provoca depresión o ansiedad salir de un estado y entrar a otro? la melancolía de lo que fue nos ancla (he aquí un tipo de ‘riendas’) en lo que una vez fue presente y disfrutamos plenamente. ¿Por qué nuestro presente nos parece siempre insuficiente? ¿por qué lo comparamos constantemente con lo que fue o con lo que nos gustaría que fuera? Yo os cuento… la infelicidad es producto de estar siempre en otro sitio que no es este instante. 

El primer día que sentí ahogo al acercarme a las puertas de mi trabajo no le di importancia y tuve -lógicamente- un mal día. Cada vez era más frecuente esa sensación, hasta que llegó el día que tuve que pararme frente a la puerta, apoyar las manos en el marco y respirar, sólo respirar. Esa fue la primera vez que me presté atención en mucho tiempo y escuché a la voz de mi conciencia decirme “no mereces esto, no quieres esto“. En menos de dos semanas salí de allí. 

Soy consciente de lo difícil que es salir de la carrera de la rata, soy consciente de que el primer obstáculo somos nosotros mismos, soy consciente de la dificultad que implica enfrentarse al personaje que ha vivido con nosotros durante toda nuestra vida, que ha crecido conmigo y es parte de mi, soy consciente del miedo que da desprenderse de él… sólo voy a hacerte una pregunta ¿quieres seguir sintiéndote así?

El proceso de cambio al que todos, tarde o temprano, llegamos en nuestras vidas implica un parar de golpe, observarlo todo -incluso a ti mismo- como si fuera un escenario y preguntarte ¿esto es plenitud?¿mis pulmones se expanden cuando veo esto o siento una coraza que me contiene?

Mi proceso de cambio comenzó desde un lugar espiritual muy lejos de donde estoy ahora pero internamente me dije que tenía que cambiar algo en mi porque nunca podría cambiar el mundo para hacerlo a mi medida. Una persona me recomendó que comenzara agradeciendo, TODO, día tras día. Todo lo que experimentaba, hasta lo más doloroso, tenía algo hermoso como trasfondo que no fui capaz de ver hasta pasados tres meses aproximadamente tras el inicio del proceso.

Cada día me esforzaba en ver la parte positiva a las cosas que me pasaban, las escribía, y pasados tres meses comencé a ver la luz. Las malas experiencias seguían siendo malas pero ya no me dejaba amarrar por ellas, ya no intentaba controlar las cosas sino que dejaban que sucedieran, estaba soltando las riendas. Necesité algún tiempo más para normalizar el sentir que los acontecimientos que me ponían en situaciones incómodas eran parte de un escenario.

Con el tiempo he llegado a agradecer los “golpes de mala suerte” porque son señales para que preste atención a algo que estoy descuidando. Antes me enfadaba mucho, sentía que el mundo estaba en mi contra y, cuando lo pienso (qué absurdo pensamiento por cierto) le estaba asignando un ego al universo que no tiene. El universo no tiene ego, sólo sabe crear y todo lo da. Era mi propio ego el que estaba viendo, que surgía para defenderme y apoyarme ante una situación que no entendía. Cuando reaccionamos sólo es porque no entendemos qué sucede y nos defendemos ante la posibilidad de que algo nos haga daño (físico o emocional).

Si me preguntaras cómo puedo ayudarte a cambiar tu vida te daría el mismo consejo que me dieron a mi, agradece, y deja que todo suceda a su tiempo y ritmo. Agradece cada persona que se cruza contigo, cada experiencia, no mires atrás, no compares ni juzgues (ni a ti mismo) ni pongas expectativas a nada ni a nadie. Insisto, agradece, y la humildad surgirá en ti, con ella las buenas acciones, atraerás a buena gente hacia ti y las malas experiencias ya no te parecerán tan malas, ni las personas, ni los tropiezos, ni las pérdidas, las heridas serán cada vez menos profundas y tu conciencia de lo que es realmente valioso será cada vez más fuerte. Con el tiempo reaccionarás menos, respirarás y disfrutarás más, tu pecho se expandirá cuando te centres al presente y ya no te importará ni el pasado ni el futuro. Cada día será una oportunidad para sentir un enorme agradecimiento y los baches tendrán el nivel de anécdotas en tu mente. 

AGRADECE, Y EL UNIVERSO CUIDARÁ DE TI. NAMASTE.

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