Vivir mi nueva etapa sin miedo

Miedo.

Al juicio, envidias, no hacer las cosas como esperan, no ser lo suficientemente buena para ellos, miedo a dejar de lado el yoga porque la nueva situación me absorba demasiado, a no respetar mis tiempos y descansos, a darlo todo bajo el sacrificio de mi misma… mis miedos son de situaciones que ni se han dado ni puedo controlar. El tema es que, curiosamente, no quiero controlarlas. De veras que me restan mucha energía. No sé de dónde surge ese impulso de asegurarse el amor y el sustento, no sé de qué pensamiento o emoción subconsciente está surgiendo esa necesidad de ASEGURARME.

Analizando un poco todas estas emociones que emergen a la superficie ante el cambio inminente que voy a experimentar y todo lo que ello implica, sigue habiendo una herida, la del RECHAZO cuando mi madre me gestó. Fue un embarazo sorpresa de juventud. Sentir el rechazo inicial de mi abuelo a mi presencia en el mundo cuando mi madre estaba en las primeras semanas de embarazo, sentir el dolor y la preocupación de mi madre… aquello debió ser muy doloroso, también para mi alma. No recuerdo la intensidad, sólo soy capaz de sentirla un poco, lo suficiente para hacerme llorar, pero estoy segura de que debió de ser mucho más intensa.

Dado el contexto de entonces (hace 40 años de aquello) entiendo la reacción de mi abuelo y preocupación de mi madre pero eso marca, es una herida dificil de sanar porque pasa el tiempo y arrastro la sensación de no ser apreciada y valorada. Cuán importante es llegar en el momento que se nos espera… ¿Cómo puede ser tan determinante un instante? ¿De ser un hijo deseado a ser un hijo inesperado?

Las heridas del alma

Cuando mi alma eligió a mis padres, lo hacía sabiendo que le tocaría aprender y trascender algo. Tengo 42 años y sigo buscando la manera de sentirme bien conmigo misma. Tras dos años de formación como profesora de yoga he recorrido un camino que me ha mostrado más de mí y mis heridas que los cuarenta años previos. Algo tiene el yoga que sana estas heridas tan profundas del alma, que te hace conectar con esa parte del subconsciente que no habías dejado salir. El yoga te enseña a confiar en los procesos, te coge de la mano mientras te dice “mira eso que no quieres ver, yo estoy contigo, sosteniéndote y cuidándote, no te pasará nada, sólo mira y ama aquello que veas” y sucede la magia. Hace falta mucho valor para mirar de frente a esas sombras de tu ser, a aceptarlas como parte de ti y amarlas. Hace falta mucha compasión para dar el espacio que esas sombras necesitan para disolverse entre toda la luz que les aportas. Esas sombras desaparecerán sin forzarlas, cuando estemos preparados para aceptarlas sin condiciones. Es irónico, es fácil, sólo hay que mirarlas de frente y dejar que se vayan.

Lo difícil realmente es querer que salgan de nosotros. Esas heridas nos hacen ser esto que hoy somos, es un terreno conocido, familiar, ante el que ya hemos creado todo un complejo sistema de comunicación y construido los edificios de nuestras relaciones sociales y con nosotros mismos, hemos creado nuestro entorno y contexto desde esas sombras que nos limitan al igual que desde las luces que nos hacen brillar. Es normal temer que todo ese castillo de naipes se desmorone si movemos un poco los cimientos y más costoso es afrontar ese posible derrumbamiento cuanta más edad tenemos.

Creemos que al mirar y reconocer nuestras heridas, perderemos todo lo que nos rodea, perderemos nuestra identidad, nuestro concepto del YO, sentiremos que perderemos nuestra referencia en el mundo. Si yo cambio, si acepto mis heridas y mis defectos y los trasciendo, ¿cómo van a reconocerme?¿cómo voy a reconocerme?¿quién seré?¿cómo afrontaré el mundo a partir de ese momento?¿y por qué debería pasar por esto?¿No sería mejor si me quedo donde estoy?¿no sería mejor asegurar lo que ahora tengo y soy?

Es difícil aceptar el hecho de que nada de lo que crees que eres, es realmente real. Nos identificamos con todo, inclusive con cualquier peca de nuestro cuerpo. Esa peca me identifica, me hace ser quien soy.

Nada de eso es verdad y, mientras escribo estas palabras, siento que algo dentro de mi se rompe, duele, reconocer la verdad duele. Darme cuenta que mis miedos con los que comenzaba este artículo no son reales sino que son mi ego, mi mente, intentando mantenerme anclada en mis antiguos cimientos a pesar de que la vida me está ofreciendo la oportunidad de removerlos para sanar heridas del alma… la verdad duele y libera al mismo tiempo. Ese es el primer regalo que obtenemos al mirar a nuestros miedos y heridas de frente, la liberación.

Mudanza a Barcelona

En poco más de un mes me mudo a Barcelona para un trabajo que me han ofrecido como gestora de proyectos. Hace 3 años que decidí dejar el entorno “oficina” para mirar hacia dentro, evolucionar como persona y dedicarme al yoga. Hoy el universo me propone volver y surge todo ‘esto’… Miedo por si provocará que deje de lado algo que amo tanto (dar clases de yoga), miedo por si todo este tiempo en que decidí bajar mi ritmo para sanar mis propias heridas provoca que ahora me sea insostenible manejar la rapidez y el estrés de la gestión de proyectos, miedo a si mi vulnerabilidad (a la que tanto aprecio ahora) es utilizada por personas que valoran la competitividad para hacerme daño, miedo a no ser suficiente en un entorno de timmings y expectativas, miedo a estar lejos de todo lo que me ha nutrido en mi sanación, miedo a necesitarlo todo.

Y sigo descubriéndome al escribir… ¡pero si todo lo que me ha nutrido está dentro de mi! Ahora puedo ofrecerlo de verdad y, lo más importante, ¡ahora sé cómo dármelo a mi misma! ¿Cómo no lo he visto hasta ahora? Cuando estuve trabajando hace pocos años en Madrid comencé a ‘dármelo a mi misma’ porque disponía de mucho tiempo libre y aquello fue transformador así que esta nueva experiencia me da la oportunidad de volver a hacerlo ¡hacerlo mejor! me da la oportunidad de transcender muchas heridas sabiendo bien lo que estoy haciendo.

La diferencia está clara. No es que cuando fui a Madrid quería escapar de Alicante y ahora no tengo esa necesidad, es que ahora tengo la oportunidad de integrar y normalizar todo lo que he recibido para poder crecer espiritualmente. Aquí está la clave. Es una nueva etapa formativa, el postgrado en el que voy a comprobar el nivel de aprendizaje y evolución que he tenido. Voy a hacer un máster totalmente práctico. Voy a llevar el estilo de vida y la filosofía yóguica a mi día a día de oficina, sin la red protectora de mis maestros y compañeros, de mi familia y pareja, voy a buscar sala donde dar clases de yoga en un nuevo lugar… voy a mostrarle a mi alma que estoy preparada para la vida, que mis heridas las seguiré sanando desde una nueva sala, desde un nuevo contexto sanador, y conmigo misma como sanadora.

Oportunidad para sanar las heridas

Los cambios asustan, cierto, pero una cosa está clara, a todo aquello que nos revuelve el estómago hay que prestarle atención porque estamos ante una oportunidad de oro para sanar y trascender algo. Somos conciencia transportada por materia que, tarde o temprano se transformará en alimento para otra materia. Lo importante es seguir conectados al centro, a esa conciencia que todo lo ve como un escenario, lo importante es ser conscientes de que todas las emociones que sentimos condicionan nuestra experiencia de vida y que aquellas que nos limitan nos muestran puertas que abrir para mirar heridas que sanar. Porque mientras no abramos esas puertas, mientras no sanemos esas heridas, esas puertas volverán a ponerse delante, en otro momento de nuestra existencia, con otros colores, dimensiones y pomos pero con la misma herida tras ellas que sanar.

Abrazo el cambio pues, abrazo la nueva oportunidad que se me ha dado para evolucionar teniendo claro que el universo no me pone en situaciones que no pueda manejar. Todo lo que me sucede es algo que puedo sostener y que sabré sostener, porque a su vez estoy sostenida y nutrida. Tengo todo lo que hace falta, el apoyo completo del universo. No hay de qué preocuparse, todo lo que necesite me será dado en el momento preciso (como siempre ha sucedido). Esto es lo que no debo olvidar. Me dispongo a fluir de nuevo, a llevar el yoga y la filosofía del yoga allá a donde vaya, a ser auténtica y vulnerable, ‘hermosamente’ vulnerable. Esta soy yo ahora y justo en este momento soy consciente del enorme regalo que este curso de profesores de yoga ha sido para mi.

Gracias a José Manuel Lorente, director de Prana; gracias a Esther García, primera profesora de la que recibí clases en Prana; gracias a Rafael Santamaría por ser mi luz con la filosofía del yoga y por ayudarme tanto a comprender cómo soy y cómo sanarme; gracias a cada compañero/a, a cada profesor, a cada alumno y cada minuto. No puedo expresar cuánto amor y sabiduría me llevo, me es imposible expresar el valor que ha tenido todo esto, estos dos años.

Producto de esta exhuberante vulnerabilidad, estoy asustada ante esta nueva etapa pero ahora es un miedo combinado con emoción infantil, como si estuviera a punto de subir a una atracción de feria que me elevará por los aires y me hundirá hacia el suelo a la velocidad de un motor que no veo pero que siento bajo mis pies. Es emocionante y acojonante a partes iguales. Acabo de ser consciente, no es miedo a lo que me encuentre allí, es inquietud por conocer la nueva versión de mí.

Voy a abrazar la posibilidad de que esa versión sea increíble, próspera, amorosa y abundante. Y todo lo que suceda a mi alrededor va a ayudarme a crear esa hermosa versión mejorada. No necesito recordar cada palabra escuchada y vivida de estos dos últimos años, el conocimiento ya está en mí, sólo tengo que disfrutar del trayecto y ser yo misma, la sabiduría surgirá en el momento que sea preciso. Confianza MJ, confianza.

Namasthe lectores.

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4 comments

  1. Que gran tesoro son tus letras.

    Para la camino, basta con que recuerdes que “la sabiduría surgirá en el momento que sea preciso”.

    Y si no lo recuerdas, no importa, igualmente surgirá allí donde o cuando sea necesaria.

    Feliz reencuentro 🙂

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