Es difícil describir lo que el yoga me ha hecho experimentar.

Llegué a él por recomendación, mucha incredulidad y poca expectativa. Tenía tantos prejuicios que fui para, básicamente, demostrarme a mi misma que tenía razón al pensar en que no iba a ayudarme en mi situación. Lo que para mi resultó ser la miel del yoga llegó algunos meses después pero tras 4 sesiones, mis prejuicios se desvanecieron y surgió una tremenda admiración e interés.

Mi situación era la que veo en muchos de mis alumnos cuando empiezan a asistir a mis clases. Estrés, insomnio, ansiedad, nerviosismo, control constante y rigidez física. Yo era muy analítica y mental. Hoy en día, veo reflejos exactos de aquella versión de mi en algunos de mis alumnos.

No sé si fue que comencé sin expectativas o que en el fondo sentía que necesitaba ayuda pero, por alguna razón, cada vez que me colocaba sobre la esterilla, dejaba que me dirigiera otra persona. Era liberador sentir que otro llevaba el mando por un rato y yo podía simplemente dejarme llevar. No recuerdo cuándo empezó esa forma de vivir pero me relacionaba con el mundo con exigencia y perfeccionismo. El listón era alto y mi actitud rígida e intransigente. No me permitía errar y me costaba aceptar que otros se equivocaran y no se preocuparan de hacer las cosas bien, ser correctos o exquisitos. No tenía mucha flexibilidad emocional ni empatía en aquellos años.

Pero algo de esa rigidez se soltaba cada vez que asistía a una clase de yoga. Aprendí a escuchar, en el más amplio sentido de la palabra: a los latidos, la respiración, las sensaciones, las intenciones, los pensamientos… Escuchaba con el sentir. Mi mente dejó de parlotear sin sentido. Observaba todo sin juicio. Observaba. No aparecían palabras sino percepciones, de mi respiración, su intensidad, su temperatura, las emociones que despertaban en mi interior, los pensamientos que aparecían. Era consciente de todo y, sin buscarlo, apareció la miel del yoga: la atención plena o, lo que ahora llamamos mindfulness.

Desde mi interior esta escucha fue aumentando de manera progresiva y “permitida”. No fue forzada. La calma mental que acompañaba al acto de observar era el elixir de esa miel. Desde bien pequeña mi mente había sido muy analítica y activa así que, poder acallar su voz y ver más allá de lo aparente, produjo un cambio progresivo en mi que inundó poco a poco mi entorno y transformó mis experiencias 180 grados.

La miel del yoga es un manjar que saboreamos cuando estamos presentes instante tras instante. El tiempo se para, literalmente, no hay sensación de esfuerzo, ni juicios, ni cuestionamientos. Simplemente estamos en yoga (en unión sincera y auténtica) con el instante o acto en si. Nuestra entrega es auténtica y transparente. No hay expectativas, no estamos haciendo en pro de una consecuencia buscada, no nos preocupamos del resultado. Sabemos que será perfecto, sea o que sea que estemos haciendo.

Normalmente esto sucede cuando hacemos o pensamos en algo por el gusto de hacerlo, sin un propósito concreto. Sentimos el impulso de hacerlo y nos permitimos hacerlo. ¿Qué creéis que sentiremos cuando actuamos desde este lugar? ningún resultado será insatisfactorio.

Cuando construimos una âsana o postura de yoga desde esa actitud, de escucha activa, con una presencia y atención plena en el instante, no comparamos, no hay un antes ni un después. Observamos con admiración cómo nuestro cuerpo se desplaza, construye y deshace las posturas. Todo es belleza y perfección, incluso si la postura no es la que sale “en la foto”, la sentimos perfecta. Miramos todo lo que sucede con los ojos de un niño, que se asombra de todo y no cuestiona nada.

La atención plena es sanadora porque crea una distancia entre la actividad de nuestra mente y nuestra conciencia. Gracias a ese “espacio” aprendemos a desindentificarse de lo que vemos y entrenamos al observador. Le vamos dando cada vez más tiempo, nos vamos acostumbrando a su presencia porque —y esto le pasa a casi todos— nos agrada su compañía.

Desarrollar la cualidad de la presencia (mindfulness) implica adoctrinar a la mente a que se mantenga “baja de revoluciones”. Ella seguirá trayendo un pensamiento tras otro pero nosotros ya habremos aprendido a bajarle el volumen para que no interfiera en la atención que estás prestando. Parecerá que la mente, entre pensamiento y pensamiento, se calla cada vez durante más tiempo. Lo que sucede es que ERES MÁS CONSCIENTE de esos silencios y, en la medida practiques la atención plena, serás más capaz de parar el tiempo en esos instantes. Ahí tienes la miel del yoga, el cese de las fluctuaciones de la mente.

En esos lapsus entre pensamiento y pensamiento se encuentra la paz absoluta, el vacío más nutritivo, la sed satisfecha y el descanso absoluto. En esos lapsus, el cuerpo, la mente y tu espíritu están el completa armonía. Tu energía cambia de vibración, tus ondas cerebrales se armonizan con las del planeta, te introduces en un estado de completa felicidad y plenitud. Y no quieres salir de ahí.

La atención plena en mis sesiones

Ningún profesor de yoga es igual a otro. Hay profesores que profundizan en la filosofía, otros en el aspecto físico, otros en el devocional… yo inculco el valor de la atención plena. Como os decía, para mi es la miel del yoga, la medicina con la que sanar todo en este mundo.

En mis sesiones y clases doy espacio al aprendizaje desde la mente porque todos empezamos la práctica siendo más analíticos que intuitivos. Buscamos algo concreto, le ponemos una exigencia al yoga… Así, explico qué sucede, cuándo prestar atención, qué se supone que sentirás… pero es mi técnica para ayudarte a adiestrar a tu mente. En la medida te dejas llevar por mi, tu mente va tirando la toalla en cada sesión un poco antes que la sesión anterior. Es decir, vas desarrollando el músculo de la presencia mientras tu mente aprende que no es su momento, que no le vas a hacer caso, y deja de “molestar”.

Y cuando eso sucede, paralelamente —y cada vez más a menudo—, tu cuerpo sana, tus relaciones mejoran, tus preocupaciones no son tan relevantes, tu compasión, auto respeto y paciencia aumentan, tu observador consciente cada día está presente en más experiencias y esa calma que aumenta día tras día comienza a atraer cosas alucinantes a tu vida.

Un apunte. Deja que te revele algo: lo cierto es que esas cosas buenas ya estaban ahí, solo ¡que no eras consciente de que estaban!… Cuando sientes que atraes cosas buenas a tu vida es que estás —por fin— mirando desde “otro lugar”. Estás presente.

Cuando doy sesiones a grupos, mis clases son más dinámicas porque movilizo mas energía. La sala se siente intensa (pues “nos influenciamos” entre nosotros) y busco equilibrar toda la energía del grupo. Les incluyo pequeñas meditaciones para conseguir que sus pensamientos bajen de revoluciones y puedan beneficiarse del trabajo físico, pero describo concienzudamente la construcción y disolución de las âsanas para que su mente se mantenga ocupada en la descripción. Termino con unas disertaciones que “me llegan” al sentir su energía en la última postura, shavasâsana. Normalmente —me confiesan— digo cosas que son justo lo que necesitaban escuchar. Les enseño la atención plena desde una perspectiva racional.

Cuando doy sesiones individuales, indago en el contexto e historia personal de mis alumnos. Comprender qué ha provocado que vivan las experiencias como las están viviendo me desvela el mapa con el que ayudarle en su desarrollo personal y, por añadidura, social y profesional. Mis sesiones son más pausadas y conscientes porque escucho y les enseño a escuchar sus cuerpos, sus mentes, observo y observan sus procesos, percibo y perciben muchos detalles que nos orientan y reajustan en el mapa según veo cómo progresan. Les enseño la atención plena desde una perspectiva intuitiva.

A veces, iniciamos el proceso con objetivos concretos como bajar de peso, sanar una tendinitis, fortalecer la espalda, mejorar la postura, sus digestiones, fortalecer su sistema inmune, etc; otras porque quieren conocerse a si mismos, soltar al ego, aprender sobre filosofía o ayúrveda o porque tienen un excesivo deseo de control que les produce estrés, ansiedad, etc. Todos los inicios llevan al mismo punto si confían en mi: la atención plena acaba llevando armonía a todos los planos. Desde su interior a su exterior.

Mis Programas AMBA

Estos programas son la evolución natural de la enseñanza que me ha otorgado el yoga y que hoy en día transmito a mis alumnos. Son unos entrenamientos, basados en Hatha Yoga, que se combinan con otras disciplinas deportivas para desarrollar e integrar la atención plena en nuestro día a día.

He sido una muchacha activa. Desde los 19 años he probado varios deportes o disciplinas (tennis, ping pong, running, montar a caballo, kayak, escalada, rapel, qi gong, taichi, defensa personal, trekking, jumping, crossfit, kick boxing, bandas de resistencia y alguno más que se me despista) pero, cuando saboreé la miel del yoga, quise ver si podía aplicar la atención plena a aquellas que a día de hoy me nutren más. Tras comprobar tanto en mi misma como en algunas sesiones individuales que conseguía integrarla más rápido decidí crear mi primer programa virtual.

Hoy en día, practico hatha y vinyasa yoga y añado el trekking, el salto a cuerda, las bandas de resistencia y la movilidad funcional a mi práctica. Para mi, no son ejercicios separados, para mi es MOVERME. E incorporar la atención plena a estos movimientos es meditar en movimiento. En esto consisten mis Programas AMBA.

Armonía de mente y cuerpo a través de la atención
(The harmony of mind and body with attention”)

(LA RAZÓN DE SER DE MIS PROGRAMAS AMBA)

Estos programas están diseñados para ayudar a las mentes inquietas a no usar el ejercicio físico como una técnica para liberar estrés sino a considerarlo un recurso orgánico y natural para integrar la atención plena como un proceso enriquecedor y creativo. No enfoco el movimiento desde la perspectiva del fitness sino desde la perspectiva de un meditador. Utilizo el movimiento para desarrollar el músculo de la presencia.

La razón creo que es obvia. Si estoy totalmente presente en lo que realizo, eso que estoy haciendo será excelente, no me hará daño porque seguirá el precepto de ahimsa (“no violencia” en sánscrito) y desarrollará en mi cualidades que aplicaré de modo natural a todo en mi vida: concentración, excelencia, compasión, sutileza, calma, dulzura, humildad, resiliencia, equilibrio… ARMONÍA en última instancia.

Esto es lo que quiero que se integre en tus células, la armonía.

Si quieres más armonía en tu vida, te invito a que descubras una de mis sesiones de yoga o te inscribas a los próximos Programas AMBA. El primero ya tiene todas las plazas cubiertas pero, tras implementar algunas mejoras, volveré a lanzarlo. Accede al formulario directamente y veamos si podemos aprender juntos.

Namaste almas bonitas.

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