Ser observador y parte actora en la vida es algo complicado pero lo verdaderamente difícil es tomar la decisión de aprender a equilibrar ambas actitudes -opuestas aparentemente- sin saber si esto nos ayudará realmente a conseguir lo que queremos. Antes pasarán por nuestra mente un millón de pensamientos y haremos cientos de cosas para no afrontar ese instante en el que comenzamos a meditar para acallar nuestra mente y poder fluir por la vida sin tanto drama.

Nadie nació enseñado pero, curiosamente, los niños son maestros a la hora de vivir en el presente. Sus pensamientos son binarios hasta cierta edad: o está bien o no, o se hace o no, es una cosa o la otra, no hay grises, ni escalas, ni decisiones que tomar. Actúan por impulso, por intuición, por sensaciones. Cuánto que re-aprender de ellos, cuánto que des-aprender nuestro.

¿Cuántas veces has intentado meditar? y ¿mantener “la mente en blanco”?… ¿tuviste éxito en la mayoría de intentos? lo más probable es que no. Y no porque no lo hayas intentado lo suficiente. Seguramente lo hiciste “creyendo” que había que hacerlo de una manera específica. Tal vez siempre escuchaste música de fondo, o usaste audios de meditaciones guiadas, o escuchaste mantras para que te indujeran a un estado emocional concreto… Yo también probé de todo. Nada pareció funcionar hasta que tuve a los profesores adecuados.

La meditación es una práctica milenaria que adiestra la mente para “silenciarla” pero su objetivo no es que consigas tener “la mente en blanco” (esto no existe por la cualidad intrínseca de la mente de mantenernos alerta y preparados para “lo que venga”).

Tu mente es como un mono pequeño, nervioso y enérgico que está revolviendo todo lo que tienes amueblado en tu cabeza. Y la meditación consiste en enseñarle “algo” y esconderlo de manera frecuente y constante durante un tiempo para que deje de revolver todo. Su interés estará enganchado a ese algo mientras sigas escondiéndoselo. Cuando percibas que su interés disminuye será el momento de cambiar de “algo” para volver a la misma práctica: te lo enseño – te lo escondo, hasta que consideres que ya es suficiente.

El título de este artículo es el título de un libro que me dejaron hace tiempo. “Un millón de pensamientos” de Om Swami, un yogui indio que se retiró en el 2010 a los bosques del Himalaya para meditar durante 22 horas diarias durante 13 meses. Gracias a su propia práctica, nos cuenta que en la búsqueda del meditador iniciado hay laberintos que encontraremos creados por nuestra mente y que el camino más fácil resulta ser el más directo para conseguir el silencio anhelado. Obviamente, la clave está en la práctica constante y duradera.

Por ejemplo, una meditación sencilla es observar el flujo de nuestros propios pensamientos. Pararse un par de minutos a respirar, continuar observando nuestra respiración por dos minutos más y, después, dejar que los pensamientos lleguen, sin invocarlos… aparecen sin más. Observar cómo vienen y van decenas de pensamientos es en si una meditación porque lo que estamos practicando es la observación.

Todo en la práctica meditativa es un ejercitar la observación.

El silencio de nuestra mente

Este silencio llega cuando, habiendo dejado ya de buscarlo y saboreando simplemente del acto de observar, te sorprendes a ti mismo percibiendo los silencios entre pensamiento y pensamiento, entre imagen e imagen, entre sensación y sensación, entre cualquier “cosa” que pueda ser etiquetada.

Cuando haces consciente EL SILENCIO entre ‘objetos’ de meditación, te invadirá una peculiar paz. Una paz ausente de juicio. Es como constatar “algo”, como una convicción. Es una revelación.

En las prácticas yóguicas donde se involucra al cuerpo hacemos mucho hincapié en la respiración porque es el director de orquesta del proceso meditativo. En postura sedente es fácil llevar a la mente a un estado de quietud tras varias sesiones de práctica pero en movimiento, la mente tiende a emitir juicios pues está entrelazada con la energía que movilizamos. Así, si respiramos pausadamente, el cuerpo se relaja mientras que si respiramos aceleradamente el cuerpo se tensa.

Cuando realizo mis prácticas de hatha yoga, consciente de mi tendencia a tener la mente activa por mi predominancia vata, utilizo la respiración ujjayi para calmarla rápidamente y poder centrar mi atención en el movimiento y el fluir de la energía que me dispongo a utilizar. Esta misma respiración o pranâyama lo realizo también cuando necesito equilibrar la actividad de ambos hemisferios cerebrales, por ejemplo, si tengo un día demasiado racional o demasiado creativo.

La misma estrategia es la que uso en las sesiones que facilito pues sin la debida conciencia en la respiración, es difícil que el cuerpo se suelte lo suficiente para mejorar (flexibilidad, tonicidad, salubridad, humedad, etc) sesión tras sesión.

Oye, una pregunta… ¿recuerdas qué estabas pensando unos minutos antes de iniciar esta lectura? Seguramente no estarás seguro. Y es que por nuestra mente aparecen más de 65.000 pensamientos diarios de los que, solo, somos conscientes de unos 2.000 y, encima, no suelen ser los más inspiradores. Nuestra mente está “on fire” todo el tiempo ¿no sería alucinante poder reducir su ritmo solo un poquito?

Ahora, un regalo, de corazón

Venga, que TE INVITO —atención, esto es un regalo, really!— a realizar una práctica de hatha yoga o yoga nidra conmigo para comprobar cómo de placentero es el cese de las fluctuaciones de la mente a través de la respiración. Es más, si envías este artículo a alguien que te importe y se suscribe a mi newsletter, recibirá un regalo de bienvenida en formato descuento. Si cuando se ponga en contacto conmigo dice que va de tu parte, los dos recibiréis un regalo extra.

¡Comparte y hagamos que las mentes se silencien un poco más!

Namaste Almas Bonitas.

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