Quiero experimentar tantas cosas…

Soy consciente de que este «quiero» es mi EGO, que me apremia, que coloca razones para justificar las presentes y futuras críticas sobre las cuestiones «no cumplidas», las tareas incompletas, mi incapacidad por terminar las cosas, etc. Hablamos de uno de los kleshas o causas del sufrimiento, ASMITA, es un apego e identificación con nuestras emociones bajo la etiqueta de “yo soy X”.

Quiero hacer una nueva formación de anatomía del yoga; un viaje a India donde sumergirme por un mes en mis prácticas y conocimientos sobre el hatha y el vinyasa yoga; quiero crear una comunidad en Canet de Mar en torno a la filosofía del yoga y los beneficios que ofrece su práctica; quiero actualizar mi web y la de mi shala Gurprasad; quiero diseñar actividades nuevas y realizar retiros sanadores de meditación y yoga para mi comunidad; quiero traer a expertos en materias concretas del estudio del yoga para divulgar las joyas del conocimiento védico; quiero ofrecer y disfrutar un hogar cálido para los míos; ser la impulsora de un festival de yoga en el Maresme con todas las disciplinas posibles; quiero tener un Border Colling; quiero tener un jardín donde poder cultivar mis propias frutas y verduras y compartir con mis vecinos y comunidad; quiero poder viajar para ver a mi familia cuando me plazca y no cuando se pueda; quiero poder trabajar desde un refugio de montaña; quiero experimentar la soledad del montañero y meditar en lo alto de una cima; quiero practicar vinyasa con Honza y Claudine Lafond (Yogabeyond) en el Everest;…

Si sigo indagando aparecen más deseos.

Y no tiene mucho sentido cuando llevas tu atención a tu respiración en este momento y descubres —cada vez que practicas esto— que nada de ello es lo suficientemente relevante para sustituir ese instante de paz que lo compensa todo porque ahí no hay juicio ni deseos por cumplir.

El deseo trae implícito «la realidad» de que no poseo tal o cual cosa y, tristemente, estamos viviendo en un plano donde los apegos y las aversiones (klesas), el dolor causado por otros y el dolor causado por fuerzas superiores como una inundación no son situaciones que podamos controlar así que, realmente, cualquier cosa que queramos hacer u obtener nos llevará fácilmente al sufrimiento.

Y ahí está nuestro EGO. Diciéndonos que, por nuestra culpa o incapacidad, no hemos podido hacer o tener alguna cosa. Poniéndonos en el centro del mundo y haciéndonos sentir no merecedores de la abundancia del universo.

Nota: abundancia que podemos sentir tan solo admirando el aletear de una mariposa al pasar por delante nuestro.

Ser conscientes del instante, nos libera del yugo del EGO.

Observar con humildad nos desarrolla el músculo de la compasión. Detectar el parloteo del EGO diciéndonos que estamos perdiendo el tiempo o que tendríamos que estar haciendo tal cosa nos da una oportunidad de desapegarnos de las expectativas.

No hay nada de malo en desear cosas. Lo malo es cuando condicionamos nuestra felicidad al logro exitoso de esas cosas y, además, de una forma determinada. Cuando visualizamos con todo lujo de detalles una experiencia determinada y «nos exigimos» cumplirlo nos hemos colocado un yugo al que no llegaremos nunca. Sufrimiento asegurado.

La vida tiene sus propios atajos. No se nos desvela nada en el lenguaje que hablamos. Solo aquellos que están cómodos en el silencio de sus mentes y no persiguen sus sueños ven cómo sus sueños se van cumpliendo de maneras creativas, con formas y en contextos inesperados. Son individuos que no se apegan a las experiencias ni a sus expectativas sino que disfrutan las sorpresas, que las sienten como regalos. Y si alguno de sus sueños no se cumple, no se sienten desgraciados porque están disfrutando de cada regalo que el universo les ha otorgado.

¿Y cómo revertimos entonces el dolor de sentir cómo nuestros planes se tuercen o no llegan nunca a cumplirse?

En primer lugar, atiende a tu verborrea interna. Observa qué piensas y en qué momento aparecen esos pensamientos. Detecta su tonalidad ¿son pensamientos tristes, negativos o juiciosos?

En segundo lugar, responde a cada pensamiento que detectes con uno nuevo y destaca lo positivo de lo que sucede.

En tercer lugar, permite un espacio de autoescucha donde el silencio pueda acompañarte sin tensión. Observar nuestra propia respiración y saborearla como si fuera lo más placentero del mundo en ese momento suele ser una técnica muy provechosa.

En cuarto lugar, da permiso a la vida para sorprenderte, de la manera menos previsible, sin ponerle condiciones… y déjate sorprender.

En quinto lugar, agradece cada «regalo» que no te esperes, incluso los que duelan, porque estás en pleno entrenamiento y cada ocasión «extraordinaria» que percibas te está ofreciendo una oportunidad para desarrollar el desapego a lo material, a las emociones, a las expectativas, a cualquier cosa que te condicione y que impida tu presencia en el ahora, que es el único lugar donde realmente podrás ser y sentirte feliz.

Escribe en comentarios cómo llevas este camino y compartamos aprendizajes. Namaste.

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