Si mi objetivo es difundir el valor de la atención plena ¿por qué muestro una personalidad dinámica y lo vendo como yoga?

Esta pregunta me la hacía esta mañana temprano. Algo en mi propuesta no termina de encajar y creo que por eso no “cerraba” la fecha de lanzamiento de mi primer infoproducto en mi cabeza. Tal vez estaba siendo incoherente, aunque por muy poco… Permitidme que os desglose mis pensamientos.

Aunque desde la práctica del yoga llegamos a la atención plena, no siempre sucede y es por falta de constancia. Debe ser una práctica intencionada, consciente, que nos lleve hacia esa entidad llamada alma

Los que iniciamos nuestro desarrollo espiritual a raíz de un ‘crack’ en alguna parte de nosotros fue porque vimos nuestras sombras y estuvimos en la oscuridad. Cuando estuvimos allí de alguna manera tiramos a toalla y entonces fuimos capaces de percibir y agradecer detalles de nuestra vida que, inmersos en la locura de la mente y la sociedad, no podíamos sentir.

En el silencio de nuestra tristeza y faltos de energía suficiente para luchar con nuestros demonios apareció La Luz que nos iluminaba UN camino. Quienes lo hayáis vivido sabéis de qué hablo ¿verdad?

No teníamos mucha idea de qué era eso que percibíamos pero, por alguna razón, nos hacía sentir en casa, era un lugar cálido, nos daba paz, nos amaba tal cual éramos, nos permitía transitar el dolor sin exigencias, nos ponía una mano en nuestro hombro y simplemente estaba ahí en nuestro dolor. La mejor compañía en esos duros momentos, la que no habla sino solo nutre con su paciencia

Hay otros caminos que nos llevan a soltar el control: la meditación, el voluntariado, la lectura, pintar, escuchar mantras o música tranquila… el punto en común entre estas maneras de hacer es que nos sentimos en sintonía con lo que hacemos y el lugar físico en el que estamos. Sentimos armonía y plenitud.

A veces, dejar que el universo nos desplace al lugar correcto en el que debemos estar sucede cuando, por nuestra intensa exigencia ante nosotros mismos y lo que nos rodea, algo en nuestro cuerpo enferma, se entumece, se vuelve rígido o se bloquea.

A mis clases de yoga han llegado personas que no podían dormir, que querían dejar de fumar, salir de una lesión o mejorar su tono físico para avanzar en las marcas de una disciplina deportiva. Otras para liberar el estrés de un trabajo rutinario y desagradecido. Otras porque el médico les recomendaba el yoga para calmar la mente. Básicamente, porque no eran capaces de gestionar su deseo de control de su propia vida. Estaban en constante hiperactividad y sus mentes les escondían la verdadera razón por la que tenían todos esos problemas: no estaban respetando sus propias necesidades, no se estaban escuchando ni trabajando en las emociones y las energías a las que realmente necesitaban prestar atención.

Cuando otra persona nos rompe el corazón, cuando nuestros jefes nos ponen enfermos, cuando no trago a esa persona, cuando no soporto una situación, cuando envidio la vida de otra persona… Si todas esos pensamientos están en nuestra mente a menudo y durante mucho tiempo, nos crean patrones y hábitos de comportamiento y actitud.

Nuestro vocabulario, fisionomía y enfoque ante la vida se moldearán ante esos sentimientos y producirán en nosotros unos desequilibrios que, finalmente, nos traerán la enfermedad y, con ella, nuestra incapacidad para ser unos individuos autosuficientes y productivos en la sociedad. Llegarán las medicinas, las consecuencias a nivel social, familiar, laboral, económico. Todo es una cadena y, como puedes deducir, empieza en nosotros invertir la rueda.

El valor de la atención plena

Volviendo a la atención plena. Esta mañana pensaba en la siguiente fase de mi proyecto. Hasta ahora estaba enfocada en la parte física —entrenamientos, práctica de yoga— porque la mayoría de la gente llegamos a experimentar los beneficios de la atención plena buscando solucionar algo de nuestra parte material. Y no hablo de dinero sino de carne y mente (materia). Empezar desde esta necesidad está bien —es un camino— pero es un proceso largo que necesita de una confianza absoluta en el instructor, entrenador o facilitador. Lo ideal es que las personas que quieran emprender este proceso desde ese punto de partida no pongan una fecha concreta a su objetivo porque posiblemente perderán la fe por el camino si la tienen. 

Confianza

Quienes se entregan al proceso llegan a saborear los frutos de la atención plena con la ayuda del instructor en el que confían.

Es como cuando, estando enfermos y sin fuerzas, dejamos que los médicos “hagan lo que tienen que hacer” y entonces, poco a poco, llega la sanación. Soltar el control implica confiar en que el universo (u otras personas) nos ayudará de la manera que considere conveniente. Y te aseguro que será del modo más armonioso para todo el sistema que pueda ser.

Nosotros, los enfermos, dejamos de luchar y observamos cómo sucede la magia de la vuelta al equilibrio sin participar en el proceso. Aprendemos en esos momentos a que el control de las cosas que nos pasaban y de nosotros mismos, que antes pensábamos que era necesario, resulta que estaba siendo una actitud nefasta que nos estaba enfermando a nosotros y a nuestro entorno sin darnos cuenta.

Quienes tienen unos objetivos físicos concretos como prepararse para lograr algo personal o profesional (perder peso, correr una maratón, mejorar unas marcas deportivas, etc) todavía no saben de la ventaja estratégica que la atención plena les aportará para el logro de esos objetivos.

Son personas más pragmáticas, que miran a corto plazo y, seguramente, estén felices de llevar la vida que llevan —en gran medida—. Tal vez piensen que “solo necesitan un poco de ayuda” con su objetivo concreto y está bien. Es otro punto de partida para llegar a la atención plena y una oportunidad para mi para enseñarles el valor del silencio mental. Porque el éxito en un proyecto u objetivo personal no llega si nuestra mente está dispersa entre varios frentes, llega cuando enfocamos nuestros pensamientos, discurso, actitud, energía y acciones en una diana concreta. 

Antes de conocer el yoga, fui una persona inquieta, enérgica, impulsiva y exigente. Pensaba que la vida me tenía manía. En el yoga encontré una herramienta —camino o proceso también— para calmar mi ansiedad por consumir experiencias, vida y búsqueda, al fin y al cabo, de aceptación de mi misma y mi entorno.

En mi caso particular, la búsqueda de un sentido a las cosas que me sucedían y los sentimientos intensos que me provocaban me llevó a tirar la toalla y dejarme llevar por otro (o por la vida realmente, aunque ella me hiciera terminar viviendo debajo de un puente).

Un día me cansé de intentar controlarlo todo queriendo evitar sufrir y simplemente transité el sufrimiento. Pensé que, si todo lo que intentaba me hacía sufrir más, tal vez debiera dejarlo de intentar.

Soltar la creencia de que “si no lo hacía yo no lo hacía nadie” (creencia que gesté por la actitud de mi padre hacia mi por cierto) fue duro, tuve “recaídas” pero puse mi conciencia y mi fe en el yoga porque percibía que en ocasiones me nutría a niveles que ninguna experiencia consiguió jamás.

Yo fui una de esas personas que contacto con el yoga para calmar la mente y reducir mi impetuosidad. Ese estilo de vida me estaba consumiendo viva y fue un acto de supervivencia realmente con el que descubrí el valor de la atención plena, y de manera casual, sin buscarlo.

Cuando una persona se está ahogando y llega el socorrista en medio del tumulto de emociones y sensaciones de perder la vida, debemos soltar el control para que nuestro salvador (en mi caso el yoga) nos lleve de vuelta a la orilla ¿verdad?

Te aseguro que, si no lo has experimentado ya, soltar el control y observar cómo se suceden los siguientes acontecimientos es armonía pura. Algo en tu interior está manteniéndote en calma mientras tu cuerpo es rescatado, reanimado y alrededor tuyo se han aglutinado multitud de miradas alteradas porque una vida humana ha estado punto de perderse. El drama de tu exterior no te afecta. Te das cuenta que dejarte ayudar fue la mejor elección que podías haber tomado, sucedió inconscientemente y en un instante, ok, pero fue reveladora esta experiencia ¿verdad?

Para concluir y resumir, esta pregunta con la que despertaba hoy me produce una enorme paz. Darme cuenta que tal vez mi enfoque estaba siendo algo superficial y me hacía perder de vista mi propósito de dar valor a la atención plena en concreto me ayuda a definir mejor mis siguientes ajustes y pasos. 

No voy a deshacer lo andado hasta ahora porque es un camino perfectamente válido pero en próximas semanas estaré atenta a que todo lo que proyecte cumpla mi propósito armoniosamente, poniéndole mucho amor, incluyendo las pausas para sentir, re enfocar y ajustar los discursos y mi exposición a la sociedad, tanto de mi proyecto como de mi misma.

Namaste almas bonitas, pronto sabréis de qué hablo.

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