Hace una semana uno de mis profesores del curso nos pasaba un artículo que hablaba del yoga no como nos lo enseñan las celebrities sino como una búsqueda de un equilibrio propio, individual, personal. No es un deporte ni una competición. Sólo es un camino al “quiero sentirme bien” y, precisamente por eso hay que dejar de etiquetar, comenzar a escucharnos a nosotros mismos y a nuestro cuerpo. Él nos habla pero no hemos reparado en lo que dice. Practicando yoga no sólo encontramos la manera de comunicarnos con él sino de entender qué necesita y poco a poco, ir dándoselo con cuidado y aprecio.

Una de las reinas del yoga que persiguen este objetivo es la asana Shavasana o postura del cadáver. Parece las más sencilla porque estamos echados en la esterilla sin más pero no es cierto. En ella lo más importante es el control de la mente y los pensamientos. Aquí podemos encontrar ese idioma con el que comprender nuestro estado físico, reconocer sus síntomas y sus necesidades.

Tumbado sobre la espalda, las piernas ligeramente separadas entre si, los brazos ligeramente separados del cuerpo con las palmas hacia arriba, ojos cerrados, lengua apoyada en los dientes superiores y el paladar, boca ligeramente abierta, el mentón cerca del pecho para estirar la nuca y la espalda… hay que encontrar una postura cómoda porque vas a estar entre 10 y 15 minutos con total inmovilidad así que asegúrate de no notar ninguna tensión.

La respiración debe ser libre y espontánea y la mente debe ir recorriendo cada extremidad y zona corporal poco a poco, siendo conscientes de cómo van pesando los miembros al dedicar unos minutos de profunda respiración a cada uno de ellos. Hay que visualizar y sentir la relajación desde la punta de los pies hasta la coronilla. Cuando sientas que tu cuerpo se hunde en la esterilla, habrás tomado conciencia de la acción que ejerce la fuerza de la gravedad sobre el cuerpo. Estarás plenamente relajad@

Para disolver la postura respira profunda y pausadamente, alargando la inspiración y la espiración conscientemente, mueve los dedos de los pies, luego los de las manos, abre los ojos suavemente, estírate, desperézate, mira al techo unos instantes y gira tu cuerpo hacia la derecha. Tras unos segundos, incorpórate lentamente.

Feliz práctica. Namasté amigos.

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